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domingo, 20 de marzo de 2011

La actualidad de José como Custodio del Redentor


Actualidad de San José

Es cierto que la figura de José adquiere una renovada actualidad para la Iglesia de nuestro tiempo, en relación al nuevo Milenio cristiano. Así afirma Juan Pablo II en la Exortación apóstolica el Custodio del Redentor (Redemptoris Custos), donde hace alusión al documento: Los fieles cristianos laicos (Christifideles laici) en el contexto del decreto Al mismo modo que Dios (Quemadmodum Deus), 1870, con el que Pío IX se ponía a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocino del santo Patriarca José. Juan Pablo II sostenía que la situación de la Iglesia y de la sociedad no era menos grave en el presente que “en aquellos tiempos tristísimos”: “Este patrocinio debe ser invocado y es necesario aún ahora a la Iglesia y no sólo contra los peligros que surgen, sino también y sobre todo como consuelo de su renovado esfuerzo de evangelización del mundo y de reevangelización en aquellos países y naciones y la vida cristiana (…) son puestos a dura prueba” (n. 29). El Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización, instituido por Benedicto XVI el 21 de septiembre de 2010, a veinte años de la Custodio del Redentor (Redemptoris Custos), con el motu proprio Siempre y en todas partes (Ubicumque et Semper), se pone en la línea de la continuidad.

Los medios de comunicación social nos informan diariamente acerca de las graves turbulencias que sacuden a la humanidad y sobre los sufrimientos de la Iglesia, que comprometen el desarrollo, demostrando que aún hoy tenemos numerosos motivos para orar a San José. La renovada actualidad del santo se extiende en su ayuda de defensa de lo externo a la obra interna de revitalización. Toda la Custodio del Redentor (Redemptoris Custos) está focalizada sobre la economía de la salvación, en la cual san José fue junto con María, singular “ministro”. Así lo presentó la predicación apostólica, de la que dan testimonio los evangelios allí donde éstos describen “los inicios de la Redención”, es decir, “los misterios de la vida oculta de Jesús”, los mismos misterios que la Iglesia revive en el ciclo anual de su celebración litúrgica. De ellos José ha sido ministro fiel “mediante el ejercicio de su paternidad” (n. 8).

Que de San José se intente evidenciar sobre todo el ministerio, aparece ya en el título de la Exhortación Apostólica. Custodio (custos), de hecho, no quiere opacar la paternidad que el documento defiende expresamente como auténtica, sino por el contrario quiere subrayar la función, que es aquella del servicio, como de hecho debe ser para toda paternidad. Esto es una clara invitación para aquellos padres que hoy se arrogan el derecho dominar sobre la vida de los hijos como si fueran un producto suyo. La vida del hombre está en las manos de Dios, al cual le pertenece absolutamente el título de Padre (cfr. Mateo 23, 9).

De esta paternidad divina San José ha sido aquel que ha experimentado en modo particular la ministerialidad: excluida la generación por motivo del origen divino del Hijo, él asumió, sin embargo, los deberes más fuertes de la paternidad, es decir, la acogida, la educación de la prole, elementos que forman parte, junto a la generación, de la naturaleza de la paternidad humana, como enseñaba santo Tomás. Ya Orígenes escribía: “Aunque no tuvo que ver nada en su generación, José le dedico el servicio y el amor. Y por este servicio fiel, es que la Sagrada Escritura le ha concedido el nombre de ‘padre’”.

Juan Pablo II considera la paternidad de San José exactamente como un servicio, del cual tenía necesidad la debilidad de la humanidad de Jesús sobre todo en el período de su vida oculta —“Custodio del Redentor”— y “ministro de la salvación”. Este perfil del santo es el mismo que debe distinguir y definir a la Iglesia. De frente a la actualmente difundida crisis de “identidad”, que no la ha perdonando ni siquiera a ella, "es necesario reconsiderar la participación del Esposo de María en el contexto que permitirá a la Iglesia reencontrar continuamente su propia identidad” (n. 1).

Si ya el calificativo de custodio es significativo para designar la función de la paternidad humana, tanto más lo es si ésta tiene como termino no un simple hombre, sino el Redentor. La figura y el rol de San José, de hecho, habrían podido ser exaltados con el título de “Padre del Verbo” o “Padre de Dios”, expresiones ya presentes en la liturgia, o con las expresiones más familiares y largamente difundidas en el himno latino Dios te salve, padre del Salvador; Dios te salve, Custodio del Redentor. ¿Por qué no elegir entonces en la combinación de estos dos títulos aquel de Padre del Salvador, que hubiera sido más elocuente? Evidentemente porque “custodio” se adaptaba mejor al contenido del documento pontificio, que pretende presentar a San José como “ministro de la Salvación”.

La pregunta entonces, es otra: ¿Por qué Juan Pablo II quiso presentar a San José como “ministro de la Salvación” cuando más bien exalta y valoriza la paternidad? La respuesta se debe buscar en la elección fundamental de su Magisterio, que es el tema de la Redención. Ya que la redención de la humanidad es la prueba del amor de Dios por “su imagen” (Génesis 1, 27), asumida por su mismo hijo en la Encarnación, y allí todos deben tener parte. El Papa dirige su Exhortación a toda la Iglesia, recordándole cual es su identidad y proponiéndole un modelo concreto: justamente San José.

La afirmación de Juan Pablo II, según la cual debe “crecer en todos la devoción al Protector de la Iglesia Universal”, se centra en el crecimiento del “amor al Redentor, al que él sirvió ejemplarmente. Justamente este “sirvió” es el perfil de la figura de San José, siempre presentado en los evangelios como atento y fiel cumplidor de los mandatos de Dios transmitidos por un ángel en sueños. Santo Tomás traza este perfil con dos palabras: “ministro y custodio”. Se comprende entonces por qué a la invocación del patrocinio, la Iglesia deba asociar, coherentemente, la necesidad de imitar a su protector, “un ejemplo que supera los estados de vida particulares presuponiendo a toda la comunidad cristiana, cualquiera que sean en ella las condiciones y los deberes de cada uno de los fieles.
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P. Tarcisio Stramare, Oblato de San José (osj)
19 de marzo de 2011
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Tomado de:
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Traducción del Italiano:
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P. Óscar Alejandro, m. j.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Edad de San José y hermanos de Jesús


La edad de San José y los hermanos de Jesús
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La edad de San José ha sido casi siempre valorada en relación a la tutela de la virginidad de María, considerada como la verdad más importante que se debe defender. La solución más simple ha parecido aquella de elevar la edad de José a un nivel tal de seguridad biológica, que excluya toda duda sobre su participación física en la generación de Jesús. Obviamente todo viene considerado sólamente del punto de vista natural, casi que los evangelistas no tengan otros intereses prioritarios, más allá de la concepción virginal, como, por ejemplo, aquel de considerar a Jesús como “hijo de José”, por los motivos que hemos ampliamente presentado tratando de la paternidad de José.

A la pregunta entorno a la edad de José, joven o viejo, en el momento del nacimiento de Jesús, responde Lucas en su evangelio afirmando, después del bautismo de Jesús en el Jordán, que “Jesús, cuando comenzó su ministerio tenía unos treinta años y era hijo, como se creía, de José” (Lucas 3, 23).

Lucas intentaba afirmar, después de la declaración desde el Cielo, que Jesús “era el Hijo de Dios”, su identidad terrena: era tenido como hijo de José. Tal filiación era comprobada por el lugar del nacimiento de Jesús, en Belén, donde José había ido justamente “para hacerse registrar junto con María, su esposa, que estaba encinta” (Lucas 2, 5). Hijo de José también lo considera Felipe, que en su encuentro, en Cana, con Natanael, le dice: “Hemos encontrado a aquel del cual han escrito Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús, hijo de José, de Nazaret” (Juan 1, 45; cfr. Lucas 4, 22).

Jesús era considerado hijo de María y de José sea de sus paisanos, en Nazaret (cfr. Mateo 13, 55), sea en Cafarnaum, donde los judíos dicen: “¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿Del que conocemos el padre y la madre?" (Juan 6, 42).

Todo esto significa que durante la vida terrena de Jesús no se había manifestado su origen divino, escondida en el matrimonio de María y José, que tenía justamente la finalidad de garantizar su identidad humana. De aquí los problemas surgidos después de la resurrección de Jesús y su reconocimiento como “el Señor”, que había revelado su concepción “por obra del Espíritu Santo" (Mateo 1, 18).

Su origen divino había conducido, de hecho, a la exclusión de “semilla humana” es decir, la intervención de José, cuya presencia es, sin embargo, es necesaria para garantizar a Jesús el título de “Cristo” que deriva del linaje de David. De allí la importancia del matrimonio de José, “hijo de David”, con María, ampliamente mostrado por Mateo en el inicio de su evangelio.

Si a alguien la trama evangélica le pareciera complicada desde el punto de vista teológico, a otros les pareció serlo del punto de vista moral, como lo fue en los primeros siglos de la Iglesia.

No faltaron, de hecho, algunos que, para tutelar la concepción “virginal” de Jesús, inventaron atribuirle a San josé una edad tal, al momento del matrimonio, que aseguraban su exclusión en la concepción y la sucesiva virginidad de María.

Y es así que encontramos en los escritos llamados “apócrifos”, porque no fueron aceptados por la Iglesia, la presencia de un San José “viejo”, reducto de un matrimonio precedente y más aún en una edad muy avanzada, que va de los noventa a los cien años.

No es el caso de persistir en la descripcion de estas fantasías, que sirvieron a la recopilación medieval de leyendas testificadas por Vida Rhytmica de la Virgen y de Cristo, por las Narrationes de Vita et Conversatione B. M. V. Et de Pueritia Salvatoris, por el Speculum Historiale de Vincenzo di Beauvais y por la Leyenda Aurea de Jacopo da Voragine. A esta se añade la Historia de José el carpintero, difundida a través de Isidoro de Isolano en su libro Summa de donis Sanctae Joseph (1522). Estas muestras son suficientes almenos para explicar cuando y donde aparecieron y se difundieron las representaciones artísticas de la vida oculta de Jesús, en las cuales San José es representado insistentemente como “viejo”.

No han faltado, evidentemente las reacciones dictadas por la “cordura”. ¿Cómo es posible que en el matrimonio querido y preparado por Dios para introducir de modo “ordenado” a su propio Hijo, no se haya respetado la justa proporción de la edad entre los esposo, según las costumbres locales, tanto más si aquel matrimonio tendría que mantener oculto el misterio de la Encarnación y defender al mismo tiempo el honor de Jesús? ¿Qué decir del honor de la misma maternidad de María, comprometido, más aún tutelado, por la edad de un esposo evidentemente ya no idoneo para procrear? Como los Santos Padres, Isolano advierte, justamente, que “el Señor amó tanto su honor que prefirió que algunos dudasen preferentemente de su origen que del pudor honestísimo de su madre. José es marido de María justamente por esto”.

No hablamos de las necesidades prácticas de la vida de la Sagrada Familia, sea durante sus peligrosos y fatigosos traslados y sea por su cotidiano y decoroso mantenimiento, evidentemente insostenible por una persona anciana.

A quién aún insistiera sobre la ancianidad de José como “garantía” de la virginidad de María, ¿Cómo no reprochar tal solución como “indigna” no sólo de un hombre tan grande, calificado como “justo” por el Espíritu Santo (cfr. Mateo 1, 29), y también por la gracia divina, que ciertamente no podría faltar a aquel que Dios mismo había hecho digno de un honor tan grande?

Juan Pablo II observa, justamente, que “Es el caso de suponer, por el contrario, que él no fuera entonces un hombre anciano, sino que su perfección interior, fruto de la gracia, lo llevara a vivir con afecto virginal su relación esponsal con María”. Puesto que el misterio de la Encarnación ha tenido necesidad que Jesús fuese considerado “hijo de José”, ¡es necesario que la predicación y el arte no entorpezcan su imagen!

Los hermanos de Jesús

La cuestión de los “hermanos de Jesús”, nace de los evangelios mismos que así llaman a sus parientes, dando también su nombre (cfr. Mateo 12, 46; Mateo 13, 55; Juan 73 y siguientes). Porque este calificativo parecía comprometer l a virginidad de María, la literatura “apócrifa” —que la Iglesia no considera “canónica”, o sea normativa de su fe— resolvió radicalmente el problema atribuyéndole a un matrimonio precedente del ya viejo José, el cual habría desposado a María en segundas nupcias.

Hemos explicado antes como esta solución no corresponde a la imagen de San José. Ya san Jerónimo respondía: “Se debe más bien creer que José haya permanecido virgen, ya que no está escrito que haya tenido otra mujer y no debe atribuírsele la infidelidad al santo personaje”. (Contra Helvidium, 19: PL 23, 2 13).

Por otra parte el término “hermano” puede ser usado por los autores hebreos en lugar de “primo” se puede encontrar facilmente en otros textos bíblicos.

Hoy, despues de los estudios sobre “Iglesia de la circuncisión”, que han puesto en evidencia como los fieles encontraron normal la transmisión del poder eclesiástico siguiendo las usanzas dinásticas, se comprende mejor como fuera escrutada, cuidadosamente, la “genealogía de Jesús” (más aún, en los Evangelios se encuentran dos) para reivindicar los derechos en la elección de los jefes de la Iglesia.
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Lo traté en el libro: Evangelio de los misterios de la vida oculta de Jesús (Editorial Sardini), al cual remito a quien quisiera saber más. Me parece una explicación “humanamente” convincente.
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Tarcisio Stramare, osj
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Tomado de la la Santa Crociata in onore di San Giuseppe (La santa cruzada en honor de San José) de octubre - noviembre 2009 en la siguiente dirección electrónica:
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http://www.piaunionedeltransito.org/Santa_Crociata_9_2009.html
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Traducción del italiano:
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P. Óscar Alejandro, m. j.
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sábado, 27 de junio de 2009

Una reflexión de José como esposo de María


Un esposo a la altura de María

Juan Pablo II, después de hacer alusión a los textos evangélicos en los que José y María son denominados "esposos", subraya la importancia de tal matrimonio con una amplia catequesis, y enseña de éste los reflejos en el orden de la creación y en el de la redención, en sus aspectos cristológico, salvífico y eclesial. La claridad de la exposición es tal, que no tiene necesidad de comentario.

Hela aquí: "Y también para la Iglesia, si es importante profesar la concepción virginal de Jesús, no lo es menos defender el matrimonio de María con José, porque jurídicamente depende de este matrimonio la paternidad de José. De aquí se comprende por qué las generaciones han sido enumeradas según la genealogía de José. «¿Por qué —se pregunta san Agustín— no debían serlo a través de José? ¿No era tal vez José el marido de María? ".

La Escritura afirma, por medio de la autoridad angélica, que él era el marido. No temas, dice, recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Se le ordena poner el nombre del niño, aunque no fuera fruto suyo. Ella, añade, dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. La Escritura sabe que Jesús no ha nacido de la semilla de José, porque a él, preocupado por el origen de la gravidez de ella, se le ha dicho: es obra del Espíritu Santo. Y, no obstante, no se le quita la autoridad paterna, visto que se le ordena poner el nombre al niño. Finalmente, aun la misma Virgen María, plenamente consciente de no haber concebido a Cristo por medio de la unión conyugal con él, le llama sin embargo padre de Cristo". El hijo de María es también hijo de José en virtud del vínculo matrimonial que les une. En este matrimonio no faltaron los requisitos necesarios para su constitución: "En los padres de Cristo se han cumplido todos los bienes del matrimonio: la prole, la fidelidad y el sacramento. Conocemos la prole, que es el mismo Señor Jesús; la fidelidad, porque no existe adulterio; el sacramento, porque no hay divorcio".

A la afirmación acerca de la verdad del matrimonio de María y José, que le garantiza a Jesús el título de Cristo, sigue la explicación sobre la naturaleza del matrimonio: “Analizando la naturaleza del matrimonio, tanto san Agustín como santo Tomás la ponen siempre en la «indivisible unión espiritual», en la «unión de los corazones», en el «consentimiento», elementos que en aquel matrimonio se han manifestado de modo ejemplar”. Se pasa, por lo tanto, a su sentido salvador, señalándolo como el primero de los misterios de la vida de Cristo: "En el momento culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena «libertad» el «don esponsal de sí» al acoger y expresar tal amor. «En esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la nueva Alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida»." (Custodio del Redentor n. 7). Nada que asombrarse, pues, si "Antes de que comience a cumplirse «el misterio escondido desde siglos» (Efesios 3, 9) los Evangelios ponen ante nuestros ojos la imagen del esposo y de la esposa." (Custodio del Redentor, n. 18). Ya que en la exhortación apostólica la atención está dirigida particularmente hacia el esposo, se cita a León XIII, Encíclica Quamquam pluries, de él se exalta la dignidad y la grandeza: "Por otra parte, es precisamente del matrimonio con María del que derivan para José su singular dignidad y sus derechos sobre Jesús. «Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la beatísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella»." (Custodio del Redentor n. 20).

Todo eso supone una adecuada presencia y acción del Espíritu Santo: "Dios, dirigiéndose a José con las palabras del ángel, se dirige a él al ser el esposo de la Virgen de Nazaret. Lo que se ha cumplido en ella por obra del Espíritu Santo expresa al mismo tiempo una especial confirmación del vínculo esponsal, existente ya antes entre José y María. El mensajero dice claramente a José: «No temas tomar contigo a María tu mujer». Por tanto, lo que había tenido lugar antes —esto es, sus desposorios con María— había sucedido por voluntad de Dios y, consiguientemente, había que conservarlo. En su maternidad divina María ha de continuar viviendo como «una virgen, esposa de un esposo» (cf. Lc 1, 27). " (Custodio del Redentor, n. 18).

Quien ha pensado en "envejecer" al esposo (José) como solución adecuada a la situación, no ha pensado ciertamente según Dios, sino según el hombre, cfr. Mateo 16, 23, porque este hombre 'justo' que, en el espíritu de las más nobles tradiciones del pueblo elegido, amaba a la Virgen de Nazaret y a ella se unió con amor nupcial, es nuevamente llamado por Dios a este amor. José hizo como le ordenó el ángel del Señor y tomó consigo a su esposa; aquello que es engendrado en ella es del Espíritu Santo': de tales expresiones no hace falta quizás deducir que: ¿también su amor de hombre es reengendrado por el Espíritu Santo? ¿No hace falta quizás pensar que el amor de Dios, que ha sido vertido en el corazón humano a través del Espíritu Santo, (cfr. Romanos 5, 5), forma en el modo más perfecto cada amor humano? "José... tomó consigo a su esposa y sin que él la conociera, dio a luz a un hijo" (cfr. Mateo 1, 24-25).

Estas palabras indican otra cercanía esponsal. La profundidad de esta cercanía, la intensidad espiritual de la unión y el contacto entre las personas —del hombre y de la mujer—provienen en fin del Espíritu, que da la vida (cfr. Juan 6, 63). "José, obediente al Espíritu, encontró justo en Él la fuente del amor, de su amor esponsal de hombre, y fue este amor más grande de lo que 'el hombre justo' pudiera esperar a la medida de su propio corazón humano" (Custodio del Redentor n. 19).

De aquí el "regalo nupcial de sí", de José hacia la Madre de Dios, hasta el sacrificio total de sí: "Incluso decidido a apartarse para no obstaculizar el plan de Dios que se estaba realizándo en ella, él por expresa orden del ángel la retiene con él y respeta en ella su exclusiva pertenencia a Dios". Estando así las cosas, es fácil comprender como al misterio de la Iglesia, virgen y esposa, encuentra su símbolo propio en el matrimonio de María y José, dónde se encuentran unidos el amor nupcial y virginal (cfr. Custodio del Redentor, n. 20).
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P. Tarcisio Stramare, osj
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Tomado de la la Santa Crociata in onore di San Giuseppe (La santa cruzada en honor de San José) de junio de 2009 en la siguiente dirección electrónica:
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Traducción del italiano:
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P. Óscar Alejandro, m. j.

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Video: 19 de marzo de 2009 Palabra de vida dedicada a San José por el P. Jesús Higueras

Video: 19 de marzo de 2009 La actualidad de San José. Por José Luis Navas

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