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Discurso del Papa Benedicto XVI en su visita a la fundación Instituto San José
Esta noche, antes de la vigilia de oración con los jóvenes de todo el mundo que han venido a Madrid para participar en esta Jornada Mundial de la Juventud, tenemos ocasión de pasar algunos momentos juntos y así poder manifestles la cercanía y el aprecio del Papa por cada uno de ustedes, por sus familias y por todas las personas que los acompañan y cuidan en esta Fundación del Instituto San José.
La juventud, lo hemos recordado otras veces, es la edad en la que la vida se desvela a la persona con toda la riqueza y plenitud de sus potencialidades, impulsando la búsqueda de metas más altas que den sentido a la misma. Por eso, cuando el dolor aparece en el horizonte de una vida joven, quedamos desconcertados y quizá nos preguntemos: ¿Puede seguir siendo grande la vida cuando irrumpe en ella el sufrimiento? A este respecto, en mi encíclica sobre la esperanza cristiana, decía: “La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre (…). Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (Spe salvi, 38). Estas palabras reflejan una larga tradición de humanidad que brota del ofrecimiento que Cristo hace de sí mismo en la Cruz por nosotros y por nuestra redención. Jesús y, siguiendo sus huellas, su Madre Dolorosa y los santos son los testigos que nos enseñan a vivir el drama del sufrimiento para nuestro bien y la salvación del mundo.
Estos testigos nos hablan, ante todo, de la dignidad de cada vida humana, creada a imagen de Dios. Ninguna aflicción es capaz de borrar esta impronta divina grabada en lo más profundo del hombre. Y no solo: desde que el Hijo de Dios quiso abrazar libremente el dolor y la muerte, la imagen de Dios se nos ofrece también en el rostro de quien padece. Esta especial predilección del Señor por el que sufre nos lleva a mirar al otro con ojos limpios, para darle, además de las cosas externas que precisa, la mirada de amor que necesita. Pero esto únicamente es posible realizarlo como fruto de un encuentro personal con Cristo. De ello sois muy conscientes vosotros, religiosos, familiares, profesionales de la salud y voluntarios que vivís y trabajáis cotidianamente con estos jóvenes. Vuestra vida y dedicación proclaman la grandeza a la que está llamado el hombre: compadecerse y acompañar por amor a quien sufre, como ha hecho Dios mismo. Y en vuestra hermosa labor resuenan también las palabras evangélicas: “Cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40).
Por otro lado, vosotros sois también testigos del bien inmenso que constituye la vida de estos jóvenes para quien está a su lado y para la humanidad entera. De manera misteriosa pero muy real, su presencia suscita en nuestros corazones, frecuentemente endurecidos, una ternura que nos abre a la salvación. Ciertamente, la vida de estos jóvenes cambia el corazón de los hombres y, por ello, estamos agradecidos al Señor por haberlos conocido.
Queridos amigos, nuestra sociedad, en la que demasiado a menudo se pone en duda la dignidad inestimable de la vida, de cada vida, os necesita: ustedes contribuyen decididamente a edificar la civilización del amor. Más aún, son protagonistas de esta civilización. Y como hijos de la Iglesia ofrecéis al Señor vuestras vidas, con sus penas y sus alegrías, colaborando con Él y entrando “a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano” (Spe salvi, 40).
Con afecto entrañable, y por intercesión de San José, de San Juan de Dios y de San Benito Menni, os encomiendo de todo corazón a Dios nuestro Señor: que Él sea su fuerza y su premio. De su amor sea signo la Bendición Apostólica que os imparto a vosotros y a todos sus familiares y amigos. Muchas gracias.
Viaje apostólico a Madrid con ocasión de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud
Sábado 20 de agosto de 2011
Tomado de:
http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=14449
San José, patrono de la iglesia
Celebramos hoy a San José. Hoy seguro que no es abstinencia. San José, al recibir el encargo de hacer las veces del padre de Jesús, no supuso que se le iba a venir encima tanto trabajo. Pío nono lo declaró patrono de la Iglesia Universal (menudo trabajito), es patrono de los seminarios y las vocaciones sacerdotales, de la buena muerte, patrono de los niños en el seno de su madre,… y de todo lo que podamos imaginar. Pero de una respuesta generosa a una llamada se supone la respuesta agradecida a todas las que vengan del Señor.
“Cuando José se despertó, hizo lo que le habla mandado el ángel del Señor.” Esta simple frase define lo que es toda la vida de José. Hoy quisiera que reflexionásemos sobre las vocaciones al sacerdocio, pues el Señor sigue llamando, pero muchos no tienen la misma disposición de San José, sino que cuando se despiertan, se dan la vuelta y siguen durmiendo.
Es una necesidad de toda la Iglesia, de cada uno, sea importante o el último de Filipinas, el rezar por las vocaciones en la Iglesia, y especialmente por las vocaciones sacerdotales.
No están los tiempos para tonterías. Hacen falta sacerdotes santos, entregados, desprendidos, hombres de hoy, con los pies en la tierra y la cabeza y el corazón en el cielo. Que sean personas. A cada uno se le ocurrirán muchas cosas, pero así a vuela pluma, se me ocurre: Personas que sepan que sólo van a hacer lo que Dios quiera, sin mérito ninguno por su parte. Que su vida será anónima excepto a los ojos de la feligresía que el Obispo le encomiende y de los ojos de Cristo. Personas enamoradas del Señor que no busquen otros amores ni compensaciones, pues están rebosando del amor de Dios. Personas que no les importe “perder el tiempo” escuchando a los que se encuentra y escuchando a Dios en largos ratos de oración. Personas que amen el ser pobres, pues si han entregado su vida no quieren guardarse nada más, y lo que uno no necesita lo entrega a quien le haga falta. Personas que no busquen “puestos” pues de poco valdría estar muy alto si estás muy lejos de Cristo. Personas que no tengan miedo a testimoniar su fe, por fuera y por dentro; y junto con su fe su entrega, su dedicación, lo que es su vida. Personas que no saben lo que son las vacaciones, pues Dios no se las toma, y cuando descansa, descansa en el Señor. Personas que madruguen pues el amor de Cristo es quien les mete prisa. Personas que se encuentren cómodas -no acomodadas-, en un barrio rico y en un arrabal de la periferia o un pueblo de cuatro habitantes, pues mientras tengan el Sagrario siempre están bien acompañados. Personas que no juzguen, ni siquiera a sus Obispos o a los políticos, pues aprendemos que sólo juzga Cristo. Personas con espaldas anchas para cargar con los pecados que escucha en el confesionario y dejarlos en las manos de Cristo. Personas que saben reír y que saben llorar, que saben querer a sus enemigos y escuchan los insultos como jaculatorias. Personas que se saben las últimas y sólo esperan la misericordia de Dios para cumplir -un poco-, con el don que han recibido. Personas que sepan que perdiendo la vida es como se gana. Personas que rezan y muevan a los demás a la oración. Personas que cargan con los achaques de los más débiles y que no retiran el hombro ante la carga. Personas que nunca fracasan pues cada alma vale toda la sangre de Cristo, y si algo no sale después de poner mucho esfuerzo, es porque Dios no lo quiere, luego no pasa nada. Personas que obedecen, pues el mejor lugar es donde les pone Dios; y personas que saben mandar pues su misión es que Cristo crezca y ellos disminuyan. Personas que se saben parte de un presbiterio y están siempre cerca de sus hermanos sacerdotes, especialmente cuando sufren o se ven abrumados por su debilidad. Personas que se muevan con la misma naturalidad entre los salones de los acomodados y las cárceles. Personas que no tengan doblez ni muchos discursos, pues su palabra es siempre del Evangelio. Personas que sepan expiar los pecados del mundo y no tengan miedo al hambre o a ser mal mirados. Personas enamoradas de la Virgen, con el rosario en el bolsillo, en la mano y en la boca, pues muchas veces tenemos que descansar en el seno de la madre, para volver a bregar. En definitiva, personas que sean personas de Dios.
A San José se lo encomendamos, y a nuestra Madre la Virgen, seguro que hay un montón de personas así… aunque ellos no se hayan dado cuenta. Que no tengan miedo a decir que sí.
19 de marzo de 2011
Comentario a la liturgia del día de Archimadrid
Tomado de:
http://estaesnuestracasa.blogspot.com/2011/03/san-jose-patrono-de-la-iglesia.html